Diomede, Miguel

1902 - 1974

Biografía

Nacido en 1902 en el seno de una familia italiana procedente de Bari, Diomede respiró la humildad de la calle Suárez y amasó la austeridad que lo acompañaría durante la adultez. La temprana pérdida de sus padres lo habituó a una soledad recurrente, que lejos de damnificarlo, le dio consistencia a su carácter. Al igual que muchos de sus compañeros de vocación, Diomede tampoco recibió una formación artística regular, pero forjó un medio expresivo autónomo que lo condujo a ser calificado por destacados críticos como uno de los mayores exponentes del oficio pictórico. El abordaje largamente meditado respecto al espacio y el tratamiento refinado del color, son los rasgos por los que se lo identifica.

Diomede se hacía eco de aquella concepción del arte como emoción sujeta a reglas, y era dentro de esos firmes límites donde encontraba la autonomía de su lenguaje expresivo, actitud que profundizó a partir de la década de 1940, cuando el tratamiento cromático comienza a asumir un rol más activo en el diseño de su imagen. A pesar de atravesar un giro significativo en lo que concierne a la materia, Diomede no abandona el pequeño formato, pues la exigencia de perfección que lo caracteriza no le permite efectuar el salto hacia una mayor escala. 

Al trabajar exclusivamente en un entorno de luz de día y no artificial, Diomede podía abarcar hasta tres obras diarias. De mirada implacable, era capaz de demorar la decisión de una corrección con tal de no llegar a firmar la pieza y entregarla a la venta. A partir de la década de 1960 llegó a deshacer literalmente sus fondos raspándolos con hojas de afeitar, según lo que le dictara la observación de las variantes de la luz de un día para el otro, o de una estación para la otra. En ocasiones, aquellos fondos eran más importantes que la imagen principal, y hasta le servían de excusa para aventurar un cierto nivel de abstracción. 

La fascinación que Diomede sentía por Paul Cézanne podría explicar su tendencia a insistir frenéticamente sobre la misma obra, toda vez que cada uno de sus bodegones puede leerse como un homenaje a los planteos constructivos del pintor francés. En primer lugar, porque alcanza estructuras sólidas con la mayor economía de medios (formas poliédricas, pirámides y octaedros), y en segundo lugar, porque le otorga a la luz un tratamiento escultórico que suprime contornos y masifica cuerpos. Sirviéndose de pinceladas cortas, frotadas contra la trama de la tela, modela la ingravidez y la evanescencia de los objetos.

 

Extracto del texto curatorial de la exposición antológica Miguel Diomede. Desmaterializar al pintura

 

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