obra

Enrique De Larrañaga

Retrato de Quinquela Martín

1950

Descripción

Por su modo de afianzarse en la labor profesional y de vincularse con otros colegas, Enrique de Larrañaga guarda varias similitudes con el propio Quinquela. 

Ambos comparten la lejanía respecto de los ámbitos centrales de discusión acerca de la modernidad en el arte, y en lo que respecta al tratamiento plástico de sus trabajos, los dos hacen prevalecer la carga emotiva de sus asuntos, los cuales presentan con cierto clasicismo compositivo y mediante una paleta de colores saturados. Así como Quinquela no posicionó sus viajes a Europa como trayectos formativos, tampoco Larrañaga lo hizo, y si bien eligió el terreno español como sitio de consolidación profesional, ignoró completamente el itinerario de sus colegas, que iban transformando sus estilos a ritmos impuestos. Larrañaga optó por sostener su estilo tradicional grotesco, con convicción hasta el final de su carrera, así como Quinquela lo hizo con el suyo. Estos cercanos senderos condujeron a un destino similar, ya que los dos hombres resultaron un tanto denostados en los círculos de la hegemonía local.

El retrato en cuestión fue realizado un año después de que Quinquela distinguiera a Larrañaga con la Orden del Tornillo, quizá como símbolo de agradecimiento afectuoso. Formalmente, ostenta el reconocido tratamiento estilizado que Larrañaga aplica a sus figuras, y que configura su sello característico en su serie de circos y payasos. En el caso de Quinquela, lo describe ataviado con su clásico moño, acodado en el respaldo de una vieja silla de madera, con la pesadumbre de la edad instalada en sus párpados caídos, espátula en mano, y en la izquierda, su recordado anillo Eolo. Al fondo, se logra vislumbrar El hundimiento del Santos Vega, una pintura de su autoría que actualmente conforma el patrimonio del Museo Nacional de Bellas Artes en su sede de Neuquén.

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