obra

Bibí Zogbé

Impresión

1935

Descripción

Producir una exposición de Bibí Zogbé significa apostar por la revisión de su figura a la luz de una perspectiva de género que recupera su accionar como mujer inmigrante en la febril mitad del siglo XX en Argentina. Casi la totalidad de la bibliografía a disposición le adjudica el peso de ser una lírica pintora de flora silvestre, asunto que la arrinconaba como mera presentadora del “Jardín del Edén”. Pero su vida estaba lejos de ser paradisíaca comenzando por la atávica contradicción interna de quien fluctúa entre comunidades tan distantes como las de Beirut y Buenos Aires, sin ser percibida como local en ninguna de ellas.

El objetivo de este proyecto curatorial y editorial es, precisamente, el de visibilizar la complejidad y densidad de su accionar, que encuentra ecos actualizados, por ejemplo, en la incorporación de su obra en la Bienal de Venecia 2024. La pluralidad de voces incluidas en este catálogo intenta describir el crisol de su personalidad, tanto en el plano íntimo como en el social, y echar por tierra la lectura simplista que adelgaza el valor de su trabajo. Es innegable que un género pictórico históricamente asociado a lo femenino se interprete sin mayor profundidad como le ha tocado a las flores de Bibí Zogbé. Pero estas flores se comportan como sujeto plástico que jerarquiza las composiciones en virtud de su contenido subversivo, lo cual nos lleva a analizar la carga simbólica de las especies elegidas, fuera de su ropaje aparente.

El cedro del Líbano representa un ejemplo elocuente de esta riqueza semántica que se pone en juego en el corpus de obra de Bibí Zogbé. Este vegetal de porte majestuoso se consideraba como “el príncipe de los árboles” y es muy citado en el Antiguo Testamento por su asociación a los poderosos imperios orientales. De su resistente y noble madera se fabricaban vigas y mástiles para las embarcaciones, así como artesonados e ídolos para templos y palacios de sumerios y caldeos. El vigor y la longevidad del cedro, entonces, explica el aprecio que tantas culturas primitivas le profesaban (incluso la fragancia de la resina que exudaba era tenida en alta estima). Pero lo más llamativo de esta especie es que al envejecer adquiere tal dureza y amargura que consigue evitar el ataque de xilófagos varios.

La fortaleza del cedro libanés parece describir a la misma Bibí Zogbé, quien apostada en el orientalismo de las formas, elige evidentemente tomar como punto de partida al mundo árabe (que inunda con belleza vegetal la vida cotidiana en todos sus formatos), pero subraya su carácter mutable y, en última instancia, su cualidad efímera. Tal dicotomía revestía la subjetividad de la artista, quien entabló un lazo de irrenunciable afecto con Benito Quinquela Martín, fundador de la casa que la recibe hoy. Algunas casualidades marcaron sus itinerarios vitales: ambos nacieron en 1890 y tejieron lo que el filántropo boquense dio en llamar una “amistad espiritual” que encontró su fin a la muerte de Bibí, el 21 de marzo de 1975, coincidiendo con la efemérides del día en que aquel pequeño Benito fue abandonado en la Casa de Expósitos.

Extracto del catálogo de la exposición antológica Colores del alma. El legado de Bibí Zogbé

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