Descripción
La imagen nos muestra a un Quinquela joven que abraza la madurez del trabajo, adoptando una actitud pasiva y pensativa, a juzgar por su rostro ensimismado y sus párpados caídos. Quizá esté pergeñando los resonantes proyectos que irían a cobrar forma unos años más tarde, incluso prefigurando los avatares que atravesaría en su larga lucha por construir un legado permanente y duradero. O tal vez esa postura melancólica esté evidenciando algo de la nostalgia por el pasado glorioso de su querido puerto de La Boca.
El autor, Miguel Carlos Victorica, era una figura de importancia fundamental en el círculo artístico del barrio, a quien Quinquela admiraba profundamente. Eligió retratarlo usando su ropa de trabajo, austera y cómoda como la de un obrero, bien distinta a su indumentaria social de característico moño. Además, decidió concentrar el foco en las manos de Quinquela, unas manos productoras de belleza, a las que le confiere unos dedos largos, cargados de expresividad, y que lucen su célebre anillo de Eolo, el dios del viento: “Me lo hicieron en la corte del rey de España. Yo estaba invitado allá y vi que todos los personajes reales llevaban alhajas hechas por un orfebre muy famoso. Me hice amigo del tipo y un día le dije: “Haceme un anillo sencillo nomás, muy humilde”. Me hizo este en dos horas y me dijo: “Mirá, te he hecho el dios Eolo con los carrillos inflados para que te traiga suerte”. Y no vas a creer; me trajo suerte… Con los años me he vuelto supersticioso. Este Eolo ha soplado mucho el pobre”.