Descripción
La historia del antiguo puerto de la Vuelta de Rocha delineó la temática de casi la totalidad de la obra pictórica de Quinquela. Sin embargo, en su producción gráfica se ha permitido explorar otros espacios por los que circulaba igualmente el sentimiento de comunidad que tanto exaltaba a través de sus composiciones. Es el caso de sus aguafuertes dedicados al universo de las funciones de acero, donde los caldereros enfrentan cara a cara los altos hornos y sus llamas de fuego, aquellas que el autor ha declarado como propias de La Boca. Fue en 1929 cuando, durante su visita a Nápoles, un empresario le ofreció una importante suma de dinero para pintar las acerías de aquella ciudad italiana, pero Quinquela, fiel como era a su aldea, le respondió que solo podía pintar el fuego de su barrio.
Es interesante notar cómo el artista describe la gestualidad en los rostros azorados de los obreros, dando lugar a una individualización a la que no suele atender en sus emblemáticas pinturas de estibadores anónimos. Estos nuevos aspectos plásticos los consigue mediante la exploración de la compleja técnica del grabado, que asimiló gracias a los aportes de su colega Guillermo Facio Hebequer durante la década de 1940, produciendo más de 50 matrices e incontables estampas.