Descripción
En esta obra, Quinquela eligió despojar al Riachuelo de su frenética actividad para ofrecer un panorama de progresivo ocaso, enmarcado por la silueta de la Iglesia San Juan Evangelista.
Aquel joven pintor, que había instalado su primer taller en una lancha, pudo gozar en su madurez de un palco preferencial en el gran teatro de La Vuelta de Rocha, que fue el ventanal de su estudio en lo alto de la avenida don Pedro de Mendoza. Tal vez fuera ese hombre el que daba la orden de abrir el telón cada amanecer, cuando se levantaba a trabajar, en idéntico horario que los obreros. Y por obra del destino, tal vez haya sido él mismo quien resolvió su cierre final, porque su despedida, el 28 de enero de 1977, se inscribe en una época de profundas transformaciones para la zona. Concretamente, su muerte coincide con el punto culminante de un proceso más amplio, que es el del cese definitivo de las faenas portuarias en la zona.
Con profundo afecto a su tierra, el maestro declaró:
Le devolví a mi barrio buena parte de lo que él me hizo ganar con mi arte. Los dos los siento como fundidos dentro y fuera de mí mismo. De tal modo están unidos a mi vida, que me parece que estoy metido en mis cuadros y amarrado a los muelles de La Boca, como los barcos que tantas veces descargué. Más amarrado aún que los barcos, que a veces se van para no volver. Yo, en cambio, volví siempre al punto de partida, al muelle familiar del Riachuelo, a mi vieja Vuelta de Rocha. Y cada vez que partí llevé conmigo la imagen de mi barrio, que fui mostrando y dejando en las ciudades del mundo. Fui como esos árboles trasplantados, que solo dan fruto si llevan adherida a sus raíces la tierra en que nacieron y crecieron.